sábado, 14 de febrero de 2015

ETNIA E INFANCIA EN EL PERU



Ademar Díaz Aparicio. 
Sociólogo, Mg. Politica Social UNMSM,  Artista Visual - Escuela de Bellas Artes del Perú

Introducción

Entender el constructo etnia en relación a infancia en el Perú, es una categoría de múltiples componentes. En primer término, algunos investigadores priorizan el trazado lingüístico de un individuo, luego su raza o característica física aproximándolo a un prototipo establecido en una tabla numérica de tipos raciales y, en último caso, examinan su componente cultural. Sin embargo, la primera opción suele ser muy variable porque las personas que viven en Lima, generalmente son descendientes de diferentes etnias normalmente agrupadas por distritos, asentamientos, clubes o asociaciones, todos ellos herederos de distintas lenguas y simbologías que conviven hasta en un mismo territorio en un amasijo de hábitos y lenguajes de algún modo compartidos.
La cuestión étnica está  en un proceso de lenta redefinición gracias a los movimientos anti-raciales y las políticas de inclusión del estado que a través del Ministerio de Desarrollo e Inclusión Social (MIDIS)[1], por ejemplo, ha implementado bajo la bandera de la inclusión social. Existen dos proyectos de conservación, el primero sobre patrimonios culturales en el norte y el segundo sobre participación ciudadana en las decisiones del sector agrario. Así mismo, el congreso aprobó la conocida ley 29785 sobre la consulta previa[2], como extensión de las políticas públicas realizadas por los diversos gobiernos regionales en pro de unificar las poblaciones en sectores gruesos de la República en torno al sector minero o al turismo: actividad que generan buenas cantidades de divisas pero que sin embargo muy poco se lee -en dichos proyectos- sobre el valor de la identidad o pertenencia que tendrían, es decir, no se difunden las teorizaciones antropológicas sobre el efecto funesto de no vigilarse la conservación de los antiguos hábitats peruanos, que se constituyen como elementos que  integran la memoria colectiva actual, aun cuando ahora las minas ingresan a realizar su trabajo con la observación política de la mencionada consulta previa.

Nuestro estudio está enfocado en analizar y describir cómo este collage de matices raciales y de información histórica ha ido manifestándose en nuestra población con énfasis en nuestra infancia limeña, para lo cual asumimos como punto de referencia a niños en situación de calle y niños migrantes shipibos: justificados grupos infantiles, ya que en ellos se filtran todos los juicios sociales existentes directamente asociados con los constructos raciales de acuerdo a un sistema étnico enraizado en complejos, “… esa premura por ubicar al otro, en realidad es la impostergable necesidad de ubicarnos nosotros… esa ubicación angustiosa es la puerta abierta para que intervengan fuerzas profundamente antisociales que yacen en todos y cada uno de nosotros…” (Bruce 2007:60).

Tratamos de conocer cómo se configura el ojo del aparato sociocultural peruano buscando los vericuetos de sus fantasías ideológicas más igualitarias, describiendo aquellas ultra colonialistas y en qué puntos se entrecruzan con las del común poblacional y puedan ser vistas como equivocas, buenas o poco convenientes para la niñez peruana, la que ha sufrido experimentos de vanguardia, desde su enfoque en cintas fílmicas como mudanzas físicas de diversas casas de atención en donde han sido, por un lado, rescatados, pero a veces dejados a suerte de directores poco consientes.
Hablar de nuestra infancia es, literalmente, hablar del Perú de mañana. Como categoría general, es hablar de los futuros sentimientos que van a embargar el paisaje natural peruano, en la medida que los sistemas van adecuándose a la entrada de nuevas tecnologías y, a su vez, a continuos movimientos migratorios y a la vez, con la necesidad comunitaria de estar más conectados, en tanto las comunicaciones ayuden en el despliegue de la aclamada democracia haciendo el estudio desde la mirada psicosocial del niño mismo a  partir de nuestras entrevistas y, en el cruce con nuestro ensayo de la subjetividad en la evolución del juicio de cientos de adultos.
Una sola política o una sola decisión, crean un castillo distinto en un sector de la infancia. Una ley interpretada en sentido vulgar reformula al niño como beneficiario o blanco, con pocos objetivos claros para su vida posterior. En momentos en que la economía peruana rebuzna de crecimiento económico, gracias a la minería, el impulso a la inversión extranjera, el turismo, las exportaciones y el desarrollo educativo para nuevos profesionales, se erige la cuestión económica de la desigualdad no resuelta: amplias brechas étnicas van configurando hoy el pensamiento de jóvenes mestizos y andinos que buscan reivindicación ideológica o atención mediática a través de partidos y nuevos movimientos en la búsqueda de “pertenecer” a la sociedad peruana ejerciendo un rol determinante en ella.

1.   La matriz simbólica de la geografía

El territorio es la plataforma sobre la cual se han venido enarbolando la memoria histórica de la nación. El terruño es el plano geográfico sobre la cual las distintas comunidades, cuyos fenotipos han existido bajo estándares ideales de conducta de protección, cooperación y cuidado de la naturaleza. En tiempos prehispánicos su dominio permitió la existencia de la tecnología, su agotamiento forzó a movilizar poblaciones de un sitio a otro y de esta forma experimentar el azar de la migración que posteriormente produjeron mezclas raciales interesantes pero que han dejado en nuestra memoria histórica la encrucijada de si fue necesario debilitar un vínculo por un futuro mejor para las familias.
Las antiguas conquistas y guerras como fenómenos políticos expansivos han desarticulado una serie de vínculos sea familiar, social, religioso y comunitario. Príncipes y reyes se repartían concubinas esclavizando familias, enterrando legados simbólicos y religiosos que en su momento dieron mito y sentido al ser sobre su propio espacio geográfico. De ahí el súbdito, ya esclavo, sea Mochica o Wari, y en otras latitudes actuales, Irakí o Palestino,  ha tenido la penosa chance de reciclar una nueva creencia con la suya e incorporarla como propia.
Recordemos las hornacinas de todos los templos incas y pre-incas, donde se colocaban las estatuillas de madera de los ídolos divinos de los pueblos esclavizados, para ser visto por estos como el dios bajo la sombra del conquistador. El inca respetó la cultura, mientras que otros las desparecieron, pero aun así quedaron vestigios sobre vasijas y paredes que hasta hoy pueden contemplarse. El sujeto supeditado aun a su fe anterior, y aunque probablemente defraudado por ésta, invoca al nuevo dios para no ser exterminado por el implantador de la nueva idolatría o por la magia vengativa del propio.
La geografía delínea este sistema simbólico en la psiquis del niño, tanto o más como lo hace el clima. Es un mundo netamente sensorial. Donde entra en juego el olor de sus flores, la sensación térmica del clima, el color de la tierra y de la arena, los sonidos de sus animales, el tipo de verde de su flora o los blancos de la nieve. De esta forma el hombre nace en un escenario no solicitado, pero no menos hermoso porque lo ha instaurado como pertenencia primordial. Es allí donde observa y evalúa como serán sus ritos, que ropa usará, a quién o qué va a adorar, que diseños empleará de acuerdo al animal más fiero o tierno, o a la hoja del árbol más productiva para la supervivencia o de mayor estética para el juego del amor. Así empieza el viaje fantástico hacia la sistematización sintetizada de su entorno. La geografía sirve al hombre para resumir, mediante signos, lo que deambula a su alrededor. Miles de años señalan que ha sido así y se ha creado sobre esta base toda una memoria genética compleja, por citar un ejemplo, observamos a un gran pintor como Szyslzo crear una serie llamada “Cajamarca” y evocar el ambiente de un sacrificio o al ver a un niño guía al pie de una ruina escondida de barro, contarnos la historia de un antiguo Dios Mochica. 

2.   Hacia una comprensión de la etnia en el Perú

Según un estudio de la UNICEF[3]: “…el Perú es un país pluriétnico y multilingüe, con alrededor de 43 lenguas andinas y amazónicas agrupadas en 19 familias lingüísticas. Las diferencias asociadas a esta heterogeneidad no son exclusivas de la dimensión cultural y lingüística. Por el contrario, lejos de la riqueza que la pluralidad cultural le da al país, las brechas en condiciones de vida, vulnerabilidad y pobreza entre la población de etnias nativas y los castellano-hablantes (concentrados principalmente en zonas urbanas) siguen estando a la base de las limitaciones para un desarrollo inclusivo y sostenible…”. Esta entrada de la UNICEF preocupa desde que ofrece una razón única para el entendimiento de la etnia: el lenguaje. Constructo mediante el cual los sujetos propios de una sociedad pueden entenderse y actuar de acuerdo a los mismos signos sonoros, pero que no, necesariamente, aplica como elemento exclusivo para aproximarnos a la idea de Etnia, que obtenemos de la explicación de la Real Academia Española (RAE).
Entender la palabra etnia nos remite a una definición de la Real Academia para una completa comprensión del concepto: “…1. f. Comunidad humana definida por afinidades raciales, lingüísticas, culturales, etc.…”. Definición qué sugiere entender qué se entiende por comunidad, raza, lengua y, finalmente, cultura.
Sobre el concepto de comunidad, existen varias acepciones, dos de ellas son las más idóneas para las ciencias sociales: “…1. f. Cualidad de común (que, no siendo privativamente de ninguno, pertenece o se extiende a varios)... 4. f. Conjunto de personas vinculadas por características o intereses comunes. Comunidad católica, lingüística…”.
La primera definición nos habla de que un sujeto es parte y, a su vez, cuerpo de un cuerpo colectivo y que, bajo este concepto, mantiene unidad con el resto y que los bienes que obtiene y produce son extensivos al resto de esa comunidad y viceversa, incluso de aquellos que, lejos de ser bienes materiales, son los propios hijos. De este modo, cualquier manifestación simbólica elaborada y consensuada dentro de esta comunidad, nos comunica que es exclusiva a ella o, si es importada, tiene un aspecto importante para una validación social simbólica mediante la aceptación general de sus integrantes.
En torno a la palabra raza, el mismo diccionario define: “…1. f. Casta o calidad del origen o linaje. 2. f. Cada uno de los grupos en que se subdividen algunas especies biológicas y cuyos caracteres diferenciales se perpetúan por herencia…”
En este caso, la fragmentación es complicada, porque la calidad de origen es pura para algunos niños, con énfasis en aquellos que viven en distritos de provincias alejadas de las zonas urbanas. En todo caso, cada uno de ellos y de sus familias puede ser rastreada en su linaje, en tanto son descendientes directos de una cultura correspondiente a un estadio o territorio de la historia preínca o inca. Una niña que ha nacido sin mezcla de abuelos y tatarabuelos, digamos cerca del complejo “El Brujo”, puede estar ligada a un linaje Cao-mochica y se le puede rastrear así, a través del análisis óseo y del ADN probablemente de las momias encontradas en esa zona. Aquí, la segunda acepción de la Real Academia Española (RAE), nos ayuda a explicar que las subdivisiones también permiten utilizar la palabra raza, siempre que sus caracteres diferenciales se perpetúen por herencia.
Podríamos afirmar que en los valles del norte, desde Tumbes a Trujillo, existe una raza predominante, pero si consideramos que ha habido, necesariamente, cruce, incluso en la actualidad hay que aceptar que raza como la génesis del linaje, ya no existe como tal. Sin embargo, podríamos llamarla por su enorme generalidad física y símil, un fenotipo, la RAE define esta palabra como: “…1. m. Biol. Manifestación visible del genotipo en un determinado ambiente...”. Diferenciándose del resto, dado los rasgos genéticos traídos de ese pasado propio al linaje y que pertenece a un determinado sector de la población con características físicas comunes parcialmente reconocibles.

A veces la construcción social de cultura es mal entendido, porque se le adjudica en demasía la idea de costumbres y tradiciones hábiles, o se le confunde, en macro, con la palabra civilización. Explica Sartori “…cultura puede ser una identidad lingüística (por ejemplo, la lengua que nos constituye como nación), una identidad religiosa, una identidad étnica, y para las feministas una identidad sexual sin más, además de “tradición cultural” en los significados habituales de este término… bajo la expresión cultura no todo es cultura. Y debe quedar claro que una diversidad cultural no es una diversidad étnica: son dos cosas distintas…”.  (Sartori 2001: 20). La RAE los enumera de acuerdo a sus criterios de definición: “…1. f. Cultivo. O sinónimo de lo que se supone sembrar para luego cosechar. “…2. f. Conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico…”, la entendemos así como la información histórica social y económica debidamente clasificada de acuerdo a un tipo articulado de pensamiento de base perteneciente a una entidad social: precisamente lo que Sartori señala a que esta palabra no necesariamente se refiere a una persona y que en nuestra observación se podría referir al “acervo” de una sociedad sobre la base de información histórica y genética.
Seguidamente,  “….3. f. Conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc…”. Lo que explica, que no solo un ente cultiva información a través de su historia, sino que la convierte en un estilo de vida que va a producir elementos intelectuales y artísticos importantes para sí; “…4. f. ant. Culto religioso...”. Y este último punto es el elemento visible de la etnia, su cosmogonía y consagración como grupo. No hay sociedad sino se le asocia a un entendimiento del ciclo de la vida, a una teorización y practica de sentido vital; es sin duda una razón de existir por encima de la geografía. Finalmente, “…~ popular.1. f. Conjunto de las manifestaciones en que se expresa la vida tradicional de un pueblo…”. Claude Levi Strauss transcribe las palabras de un intelectual indígena sintetizando sobre lo culto y lo popular: “…cada cosa sagrada debe estar en su lugar…” (Levi Strauss 1966: 20). La desacralización puede causar profundos conflictos al interior. ¿No es acaso el niño presa de esta? El escenario futuro consagra al niño en el espacio en que vive, pero hay que descifrar si esa geografía es ahora la misma que rodeaba al hombre antiguo, con sus grandes verdes y profundos aromas.
En tanto, este conocimiento fruto de su historia, este arte y este culto se conviertan en la vida tradicional de un pueblo y mirando en micro, a una sociedad o comunidad o, incluso, a un grupo que procura hacerse de los tres elementos a vez: historia, arte y culto o, si ya la contienen, es el momento clave para consagrarse en una cultura. Esta lucha por el consenso por los símbolos comunes va organizando alrededor del grupo o fracciones de grupo que comprenden, la lucha por establecer un sistema de conocimientos definidos con su bricolage (o artesanías- memoriales, según Lévi-Strauss) y definida así por estos tres componentes.

3.   El oscurantismo lingüístico del niño

Las limitaciones del uso de la lengua materna, como criterio de identificación de la población indígena, de acuerdo al estudio de la ONU, señala que la información estadística disponible en el Perú con representatividad a nivel nacional y por dominios específicos, solo permite identificar a la población indígena en función de una de las múltiples dimensiones étnicas: la lengua aprendida en la niñez, a la que se denomina lengua materna. Empero, las limitaciones de utilizar este único criterio, como apuntábamos,  para identificar a poblaciones indígenas, son evidentes, al reconocer la complejidad del concepto de etnia nativa. Ahora, nuestro ensayo se dirige a un entendimiento de este ámbito pasado, para asociarlo con la futura configuración étnica y de pertenencia del niño peruano.
Los cuadros del estudio de la ONU explican que un porcentaje en promedio a un 90% de las áreas urbanas, tiene como ascendencia la población Quechua y Aymara, por tanto los padres o abuelos, como mínimo, por ascendencia hablan o saben de estas dos lenguas.
De este modo ubicar al niño entre si es Aymara o Quechua, es desviarnos de la perspectiva de su identidad cultural actual. Sin embargo, es útil para afirmar que el niño es en esencia proveniente de los antiguos linajes del imperio incaico, de lo cual creemos están poco orgullosos como para hacerlo zona intangible de su psiquis en su discurrir social.
Si, suponiendo que el 90% tuviesen para cada lado 80 de Quechua y 11 de Aymara, ¿Cuál sería el primer aspecto cultural a rastrear?: los departamentos que en primer término sufrieron la expulsión obligada hacia la capital, en la década de los 50’s y con mayor peso en los 80’s con el surgimiento del terrorismo. Estas poblaciones provenientes de Ayacucho, Abancay y la sierra central, mayormente reconfiguraron el panorama demográfico limeño, pero más aun, ocultaron decididamente su proveniencia, incluso afirmando, los padres, que para sus hijos la lengua que importaría aprender es el español, todas las anteriores ya no son útiles. Los hijos de las migraciones de todos los años, se han encontrado con tal discriminación que al no poder ocultar sus rostros frente a la discriminación (por estar imaginariamente en el último ladrillo del triángulo social), solo optaron por olvidar su lengua y al olvidar su procedencia lingüística olvidan en gran medida quiénes son, porque el lenguaje es por naturaleza onomatopéyico, es decir, fruto de los sonidos de la naturaleza y de sus diseños. Los niños olvidaron eso de sí mismos o de sus padres, no pudiendo reproducir más los métodos ancestrales para producir signos útiles. Es una página de la memoria del libro genealógico que tuvieron que arrancar.
La Lima de postguerra, mayormente de raza blanca, tuvo mayores mezclas con los nuevos migrantes, quienes se casaron o tuvieron a bien emparejarse. Las crecidas poblaciones han reconfigurado este panorama estético y fenotípico, al punto que en la tabla de valores raciales de muchos documentos ha existido una categoría: hispano. Sobre todo, porque las mezclas entre cholo y negros africanos, indio y blanco europeo, chinos y japoneses, con otros recientemente añadidos, han comenzado a su vez a dar sus productos: hijos que van tomando desde las diversas historias familiares aspectos físicos, conductas y patrones, no solo de socialización, sino de supervivencia particularmente muy especiales. 

4.   Los unos y los otros

El estudio referido de la ONU dice al respecto: “…Dietz define como grupo étnico a la población “…que compartiendo un dominio territorial, una historia, una lengua, una forma de organización social y/o una cultura, ha desarrollado un sentimiento de pertenencia sustentado en creencias, tradiciones, vínculos de parentesco (biológico o social), lengua, raza y/o religión. Estas relaciones intra-grupales se crean a partir de la delimitación de fronteras sociales y culturales que establecen la existencia de un nosotros incluyente y un ellos excluyente…” (Dietz 1999: 83). En este sentido, la pertenencia a un grupo étnico combina tanto aspectos subjetivos como objetivos. El sistema de alteridad constituye, tal vez, el punto más álgido de la pertenencia.
Un asociación de niños trabajadores, por ejemplo el MANTHOC, cuyo discurso es la defensa de sus derechos como niños y como trabajadores, a la par se diferenciará de otra agrupación que tenga similar orientación en el hecho de que los otros grupos deban de escucharlos, incluso aquellos que intervienen en lo político del discurso, así sea el mismo Estado. Este traspaso de las fronteras por medio del mensaje otorga sentido al grupo, teniendo incluso connotaciones geográficas.
Recordamos con agrado una conversación que tuvimos con un ex líder del movimiento MNNATSOP que, al acercarse su mayoría de edad y por norma, debía dejar la asociación, con extrañeza nos contó que después de la experiencia del MNNATSOP, todo lo demás ya no tenía razón de ser. Este principio, llamado de alteridad o de diferenciación de grupo, genera conveniencia y además tolerancia que se desarrolla como una elasticidad sabia de los fervores propios hacia el conjunto de grupos. Esto permite, eventualmente, la buena resolución del conflicto. La escena futura de los niños urbanos y rurales de nuestro Perú supondrá un ejercicio de evaluación periódica de su pertenencia, de su pasado geográfico e histórico y de su devenir en el espacio tiempo donde ingredientes claves como el uso de la tecnología y la política pueden volver a removerlo de sus dominios recientemente conquistados.

5.   Delimitando un perfil étnico y fenotípico de nuestra infancia

En 520 años de mezcla europea en América, la raza ha sido afectada, pero no exterminada. La lengua, las creencias y las vestimentas que en su momento sufrieron cambios, aun hoy, los indígenas mismos confiesan no poder variarlos, porque así de mixtos, mitad católico mitad culto al sol les ha calado esa historia de su tierra por más de 500 años (Callañaupa, 2009). Desde entonces tenemos fiestas, celebraciones y danzas mestizas, medio españolas medio asiáticas, o con ritmos afros en la medida que estos grupos han venido integrando el paisaje etnográfico del Perú. Cabe mencionar aquella alusión religiosa en las festividades, donde se mezclan cruces, arboles, textiles, colores, comidas y bebidas con ritos a la pachamama, adorando lo que antiguamente el poblador, por temor, le arrojaba al sol un cadáver, o a una planta, una plegaria solo para darles las gracias de permitirles existir. Donde una pobladora en Quispicanchis al preguntársele si dejaría de realizar estos ritos híbridos para regresar a la pureza del ritual inca, simplemente manifestó que se perdería la mística del acto.
Importa mencionar hechos históricos relacionados a los procesos de reconfiguración étnica que nos daría luz sobre el estado actual de la etnia y el fenotipo aproximado de  nuestra infancia, su despliegue social y simbólico como es la nueva plantilla de desarrollo de su pertenencia en el futuro.
Hubo momentos claves antes de que el indígena color de piel cobriza, no mayor al 1.70cm, de amplia espalda, afilada nariz, ojos pequeños y hundidos y gruesa contextura empiece paulatinamente su camino al mestizaje. Primero, la conquista de América en 1492 y el ingreso conquistador de Pizarro al Perú en 1535, cuando funda Lima, en segundo término la presencia de chinos trabajadores en las haciendas azucareras del Norte, Chiclín, Cartavio, Laredo y en el norte chico, Supe y Huaral por ejemplo,  donde muchos de estos recibieron en lugar de sus apellidos los apellidos de los patrones o se escaparon para no ser esclavizados conservando así sus apellidos. Sin embargo cuenta Yamawaki: “…En 1849, a iniciativa del gobierno peruano, se inició formalmente la inmigración al Perú desde la China, en ese entonces gobernaba la dinastía manchú. Los inmigrantes chinos venían a trabajar en las haciendas costeñas con contratos laborales de ocho años. Luego de 33 años de declarada la independencia, en 1854, la esclavitud fue formalmente abolida en el Perú. Los inmigrantes arribaron pues justamente cinco años antes de que ello ocurriera…” (Yamawaki 1999).
De esta manera, el ciclo de esclavitud de los chinos denominados culíes, duró poco pero su asentamiento permaneció, incluso el alias peyorativo por excelencia, “chino”, recae sobre cualquier otro tipo de inmigrante asiático, como el japonés quien arribó al Perú en el año 1899 por contratos laborales, dada la falta de fuerza de trabajo en las haciendas costeñas y a quienes sus patrones llamaron chinos, porque no hallaban una diferencia particular de fondo (Yamawaki 2009: 37); sin embargo y para este estudio, japoneses y chinos difieren en dos aspectos visibles, en la complexión y organización física.
El japonés por su baja estatura y gruesa complexión, los chinos por su parte son altos y de complexión atlética. Ambos poseen, empero, un ímpetu comunal-laboral muy sólido y que, por miles de años de historia de sus naciones, han acumulado saberes en torno al trabajo, y hoy, los podemos avizorar como empresarios, dueños de chifas y restaurantes, compañías importadoras y exportadoras, congregados alrededor de asociaciones muy cerradas, sea el Club “La Unión” o el Colegio Peruano-Chino “Diez de Octubre”, Asociación Okinawense del Perú, entre otros. Pero una característica interesante es que, en lo posible, los asiáticos en el Perú han mantenido la creencia de que el chino se casa con el chino y el japonés con el japonés de igual manera, alejándose del blanco, del negro y del indígena, tal vez por un cierto instinto de preservación racial y de sus tradiciones, una muestra clara de nuestra declaración sobre el principio de la alteridad entre grupos dentro de un mismo territorio.
Por su parte, los pobladores negros en la costa peruana aparecen en el espectro de las ciudades de Lima, Trujillo, Lambayeque, Jequetepeque, Santa, Cañete y Pisco a fines del siglo XVI. Solo en Lima, a fines de la Colonia, en 1792, eran 13,749 esclavos, identificándose a Lima por momentos como una ciudad parcialmente negra (Aguirre 2010: 22), además de la ola migratoria hacia la capital en los años 50, donde el grueso de la población que migra a la capital es indígena, por la crisis de postguerra que rebotó en la economía peruana y cuyo fenómeno engarzó con la simiente del terrorismo de los ochentas, amén de sequías y desaciertos políticos de los gobiernos por crear trabajo y dar tecnología e infraestructura en zonas agrarias principalmente.
Dados estos momentos dinámicos de la actividad de pervivencia, tienen los limeños una mezcla muy particular, rastreándose casos donde las cuatro razas imperantes se han interceptado en el camino abierto del nacimiento de un ser. Esta transacción genética conlleva, no solo a una cuestión de estéticas faciales y de múltiples complexiones por cierto interesantes o de graciosa diversidad. Pues, también a estos diferentes aspectos genéticos y físicos se le adjuntan otras de orden abstractas y subjetivas de transmisión de la información que pueden estar muy relacionadas a la herencia histórica, tales como la supervivencia, la valoración del trabajo, las luchas sociales, la simbología de sus culturas. Es decir,  las historias de las naciones y, sobre todo, el peso de las diversas memorias colectivas que de algún modo pueden ahora, en el 2012, configurar un tipo de pensamiento de extremos, entre progresistas y conformistas.
De ahí, una serie de nuevos sentimientos patrióticos han tomado vigor y son mayormente compartidos y expuestos por ciertos artistas de la gastronomía, de la farándula, de los viajes y albergues, abanderando un resurgimiento de nuestros hábitos culturales ancestrales y la geografía. Sin embargo, pensamos que este acuñamiento por parte de los medios que han convenido en llamar la “Lima emergente” por el colorido de las mediaciones chichas, está aún lejos de ser parcialmente cierto.

6.   Demografía infantil indígena y el perfil del niño limeño

Los peruanos que tienen menos de 18 años son 8’410,904, siendo el 32.6% de la población total. Por su parte, los niños, niñas y adolescentes de 3 a 17 años que tienen una lengua materna originaria son 1’046,639, representando el 26% del total de la población indígena (ONU 2007).
En las comunidades de la Amazonía, el 46.9% de quienes tienen como lengua materna el asháninka y el 47.5% de quienes tienen como materna otra lengua originaria amazónica son niños, niñas y adolescentes de 3 a 17 años. Esta proporción resulta bastante mayor a la registrada entre los quechua hablantes (25.2%) y Aymara hablantes (19.3%). Más aún, estos dos últimos porcentajes son menores al observado entre los pobladores que aprendieron a hablar en castellano (34%). Este hecho podría estar vinculado a que las poblaciones Quechua y Aymara, por un lado, tienen tasas de fecundidad menores que las poblaciones indígenas amazónicas, y por otro lado, a que podrían estar más expuestas a la pérdida intergeneracional de las lenguas maternas originarias. Es probable que el mayor contacto de estas poblaciones con entornos urbanos y el acceso a la educación formal en castellano, sean factores asociados a esta decreciente transmisión de la lengua quechua y Aymara de padres a hijos. Esto podría estar invisibilizando un mayor número de niños, niñas y adolescentes que no son considerados indígenas, porque tienen como lengua materna el castellano, aunque crecen en un entorno familiar indígena.
Este universo rural de niños según de UNICEF, nos permite establecer en buena forma el perfil del niño limeño de hoy. Este niño invisible por su migración a la urbe, comúnmente conocido peyorativamente como cholo, serranito, indiecito o piraña, es ahora protagonista principal de este panorama limeño del que hablábamos al que los medios llaman como emergente. El niño de hoy, mitad provinciano con un apellido español y otro quechua o Aymara, crece con y como el limeño que “desea ser”. Este niño se va adaptando a diversos factores de transformación psicológica, genética y de tendenciosa pertenencia étnica, de acuerdo a cinco puntos que hemos establecido y a continuación enumeramos:
1.   La moda (ajusta su complexión a los estándares corpóreos occidentales).
2.   La escala social (evita ser identificado como migrante y es aspirante).
3.   La pervivencia en la urbe (aprende la mayor cantidad de modos sociales).
4.   El grupo de pertenencia (se agrupa en torno a quienes le dan reconocimiento).
5.   La tecnología (aprende a manejar aparatos sofisticados).

7.   Derecho de la niñez indígena a la identidad y al progreso

Nos preguntamos si existe alguna razón por la cual, en términos de identidad, el niño amazónico es a veces desposeído de su afiliación natural con el Estado. Según el Censo Nacional 2007, descrito en el estudio de la ONU, entre la niñez quechua y Aymara de 3 a 5 años la proporción que no tiene partida de nacimiento es relativamente baja, la situación es completamente distinta entre los niños y niñas asháninkas y de otras lenguas originarias de la Amazonía de este rango de edad, donde más del 20% no cuenta con partida de nacimiento. Entre los niños y niñas mayores de 5 años de edad de estos grupos poblacionales, se registra una importante reducción en la incidencia de la indocumentación. Según el II Censo de Comunidades Indígenas de la Amazonía Peruana, la situación descrita tiene una incidencia mucho mayor en el caso de la niñez indígena menor de un año de la Amazonía, donde el 44% no cuenta con partida de nacimiento. La falta de registro de los niños y niñas menores de un año aún constituye un importante problema en dichas comunidades. (UNICEF 2007).
De este mismo modo el blog www.inversionenlainfancia.net/web/blog, denuncia que alrededor de 300 mil de estos niños no poseen partidas de nacimiento. Se nos ocurren al respecto que puede pasar por un tema de negligencia de los registros de partidas de nacimiento para mediar con el gobierno regional de Loreto, o es que acaso existen intereses detrás, de parte de ciertos grupos por la trata de niños o la explotación riesgosa de los mismos. Lo cierto, próximo y más acertado de contemplar, es la importancia que tiene el niño a su identidad como parte de una misma nación, rica en diferencias étnicas.
La partida de nacimiento es el primer papel formal consensuado de pertenencia que explica que el niño es futuro ciudadano peruano con padre y madre. Esto, a su vez, explica que cada niño tiene -dentro de un Estado en el actual paradigma de la protección- derecho a la identidad y que está escrito. Este tipo de conciencia está en las mentes de muchas madres y padres que frente a ciertas limitaciones, no contemplan que un niño que llega al mundo sea promesa de un futuro mayor. Cuando son abandonados por el Estado, es análogamente propenso a ser abandonado por la familia. Victima fácil y vulnerable al abandono de los padres, de uno o de ambos. El derecho a la identidad está contemplado en el artículo 7 de la Convención y está jurídicamente ligada a la idea de pertenencia étnica, señala la Convención sobre los Derechos del Niño, artículo 7, parte I: “…1. El niño será inscrito inmediatamente después de su nacimiento y tendrá derecho desde que nace a un nombre, a adquirir una nacionalidad y, en la medida de lo posible, a conocer a sus padres y a ser cuidado por ellos…”[4].

8.   Los asuntos étnicos contemplados en el CIDN

En el tercer acápite de la Convención Internacional de los Derechos del Niño (CIDN) se resume que todos los niños y niñas tienen los derechos recogidos en esta, no importa de dónde sean, ni el sexo o color de piel, ni qué lengua hablen, ni la situación económica de su familia, ni sus creencias o la de sus padres, ni si padecen de alguna minusvalía. Existe una buena lista de elementos necesarios con un amplio rango de derechos. Sin embargo, en la práctica hay aspectos que aun no se cumplen, si aún existen escuelas en distritos muy alejadas de las capitales, donde los alumnos tienen que movilizarse a pie desde sus alejados colegios a sus hogares. Las inversiones públicas en estos lares son pobres. Observamos cómo en colegios de un nivel socio económico A  los niños son recogidos en movilidades o vehículos hacia sus centros educativos, donde en promedio llegan a pagarse hasta 2,000 soles la mensualidad. Por lo contrario, en las escuelas de provincia, los profesores no pueden realizar sus clases, ya que en ocasiones el Estado no les provee recursos necesarios, ni pizarras, ni tizas para poder la clase, por lo que al final el colegio funciona como una especie de albergue o de centro recreacional, en tanto el niño retrasa su aprendizaje o no recibe ninguno (Thorp 2009).
Pero ¿cuál es el elemento étnico que atraviesa este orden?: La separación estratégica del indígena cholo, o indio sin mezcla, que no puede acceder con comodidad a la educación. Se infiere que la geografía es lejanía, difícil de manejar por lo que el ojo político se preocupa por desalojarlo y que en lo racial el niño indígena-cholo no tiene derecho a la buena educación, porque no debería de asumir un cargo de importancia, que en lo económico solo las clases herederas del sistema oligárquico enganchadas al poder, pueden acceder a la mejor educación con detalles en ciencia y tecnología.
Concluimos, tempranamente, que el indígena a diferencia del blanco típico limeño (que mantiene mezcla también), es pobre y marginado. Por lo tanto, no hay ningún sistema público que garantice su perfil profesional futuro; por ello es materia urgente de sus padres mandarlos a Lima y con prontitud que aprendan el castellano, olvidando su lengua y proveniencia y que a como dé lugar se adapten a la urbe.

9.   LA LIBERTAD DEL NIÑO EN TANTO CONCIENCIA, RELIGIÓN Y PENSAMIENTO

El catorceavo artículo de la CIDN habla sobre la libertad de conciencia, religión y pensamiento, que las autoridades deben respetar el derecho de los niños a la libertad de pensamiento, conciencia y religión, de este modo los padres podrán aconsejarles sobre lo que es mejor. El niño hasta los doce años comúnmente tiene un solo referente religioso: el de los padres. Los padres son los que transmiten al niño el componente religioso a partir de la creencia heredada o  adquirida. En la capital la religión católica se conoce como la de mayor influencia, seguida de los grupos cristianos evangelistas que se colocan en segundo lugar y quienes incrementan su masa crítica paulatinamente (Bloom 1991). Otras iglesias, como la alianza misionera, los mormones, la iglesia baptista y las sectas de la nueva era, siguen la línea en menor orden, pero en similar ritmo creciente. Las iglesias en el Perú son campos simbólicos manifiestos de la religión americana, existiendo hasta siete iglesias poderosas revelándose a través de las decisiones de políticos, corporativos, empresarios y publicistas, por lo que su arribo en el Perú es tan atractivo como prolífico.
Solo en Pozuzo, distrito de Pasco,  se llegó a contar unas 4 construcciones de iglesias cristianas de distinta dirección, y dos católicas. Estas últimas solo congregaban a la clase alta de la localidad, donde descendientes de alemanes y húngaros se reúnen para hacer posteriormente la tertulia del domingo. Otro día, las iglesias católicas allí no abren, se limitan a una sola misa los domingos a las 9am. En cambio, las cristianas abren sus puertas diariamente y congregan la mayor parte de habitantes oriundos, por linaje.
El niño adquiere esta nueva dinámica de la práctica mística entremezclada hoy con la americana. Los padres trabajadores imponen a los niños su nueva religión, por ello es muy apresurado hablar de que el niño puede ser consciente de escoger. En teoría lo haría ensayando una figura agradable de Dios, pero en la práctica pura, no. De otro modo, tendría que preguntársele a profundidad, sobre el sentido de la vida, el sufrimiento y la muerte, preguntas que comúnmente conllevan al ser maduro a la práctica religiosa. Al niño no debería imponérsele la religión, sin embargo por la creciente del evangelismo, los grupos indígenas y mestizos recurren a estas iglesias encontrando un sentido de pertenencia, o expiamiento sobre su raza la que está, desde hace mucho, laceradas. Hace 500 años la idolatría al sol fue castrada, luego se recicló en mitad idolatría y mitad Cristo-Dios, porque se conservaron símbolos; la hoja de coca, el culto a la tierra (la pachamama) y al Apu, mayormente en la sierra. Cuando el inmigrante arriba a la capital, solo tiene la opción de ser evangelista, porque tal vez lo encuentra más alejado de las misiones católicas, que en su siglo trataron de configurar las mentes de sus ancestros con la capa del monje, la cruz y la biblia, afilando la ensangrentada espada del soldado.
Ya no hay luna ni sol en qué creer, porque sería ilógico y esquizofrénico para él y para el flamante entorno social, tener que retornar al viejo culto. Pero muchos no pueden vivir sin fe, es parte de la naturaleza humana. De otro lado, el desprestigio de las iglesias  como la católica, sobre visibles y excesivos adornos barrocos romanos, sociedades de poder político católico, pederastia y célibes falsos, acrecienta la excusa de que la iglesia católica no es sino la mejor representación del poder occidental en tierra ajena, por lo que el indígena se va apartando del símbolo arquitectónico católico,  o sea, de  la catedral, parroquia, Iglesia y sagrarios dorados y, además, de la gente que la circunda (blancos) para reunirse en casas o locales alquilados, modestamente adornados solo para añorar al Taita Jesús, en quien sí pueden confiar.

10. la libertad de asociación y la pertenencia adquirida

El artículo 15° de la Convención sobre los Derechos del Niño explica que los niños pueden asociarse libremente, crear organizaciones y reunirse pacíficamente con sus similares, siempre que estas actividades no vayan en contra de los derechos de otras personas.
La frase final sobre si estas asociaciones puedan ir  en contra de los derechos de otras personas, se presume contra la moral, una moral desde las enseñanzas bíblicas o una moral de sentido común. A su vez, se visualiza como contradictorio, cuando ha habido varios ejemplos en que cuando los niños asociados o reunidos por entidades sociales de ayuda no han encontrado el asidero social suficiente para permanecer en la conciencia social colectiva.
El tema de la reinserción implica una geografía adecuada, vecinos comprensivos, una conciencia moral adulta cuyos temores no obstaculicen los objetivos de  la rehabilitación,  o el cuidado de estos chicos que, como sabemos, son niños que se agrupan en torno a edades debajo de los 18 años, como la misma Convención lo indica, y por sobre todo, niños que buscan un sentido de pertenencia.
Varios grupos se encuentran asociados de este modo, desde aquellos con fines de protección laboral y otros, de extraña naturaleza, pero que también otorgan pertenencia y diferenciación,  y que sostienen ciertos aspectos étnicos regulares. Por ejemplo, la YMCA (Asociación Cristiana de Jóvenes) esta conformadas por hijos de profesionales y técnicos de clase media; al otro extremo, las barras bravas, por pandillas mayormente conformadas por hijos de indígenas migrantes. Este es el lado dañino de la agrupación en torno a  la pertenencia a lo que Sartori denomina como alteridad. Constructo que supone la identificación de la existencia individual y colectiva en relación a otro grupo, de la cual se diferencia y, mejor aún, a la cual margina. Los jóvenes del Club de Fútbol Universitario de Deportes en relaciones de fuerza con los del Alianza Lima. Los “nativos americanos” frente a los inmigrantes hispanos. Los francos o franceses frente a la ola musulmana desde los países africanos y del Medio Oriente.
Francia, por ejemplo, hace unos años ha adoptado una medida interesante y agnóstica de no permitir ningún símbolo religioso en los rostros, ropas o fachadas de casas, en suma,  en  ningún sitio de la Francia pública. Vargas Llosa cita la experiencia de unos niños musulmanes que son impedidos de entrar a la escuela con los típicos velos en los rostros en un colegio público francés. La intolerancia frente a otras religiones dentro de un mismo espacio geográfico es discutida. Por un lado, señala que el inmigrante debe adoptar las normas del país que lo acoge y le permita desarrollarse como en su país ya no puede (Vargas Llosa 2010). Por otro lado, está la concepción de que si estos migran es, justamente porque Francia o cualquier otro país desarrollado lo permite, porque ha hecho por décadas dependiente a ese país del cual estos nuevos habitantes emigran, eso implica que aparte de darle cobijo deberían tolerar sus costumbres religiosas.
De plano el temor es cultural, de congregación, de ideología, de terror al vecino en territorio interno, bien cita Maquiavello en “El príncipe” que el príncipe triunfante debe de extirpar las creencias del pueblo subordinado. El símbolo religioso oculto, empero, podría explotar peor en el seno de la familia. La salvedad no es el niño. El niño es el producto que estará en la fina línea de la práctica parental o la práctica agnóstica u otra forma religiosa del país dominante, cuyo resultado es desarraigo, no-identidad, conflicto existencial, posible retorno subconsciente al terruño, sueños, pesadillas y violencia, todo tipo de malestares psicosociales se yerguen en la mente del niño como producto de este cruce simple, pero complejo, de iconos por mucho incompatibles.

11.  Los niños sin familia

El artículo 20° de la Convención sobre los Derechos del Niño, dice, en breve, que los niños tienen derecho a una protección y ayuda especial en el caso de que no tengan padres o que éstos no estén con ellos. Esta ayuda tendrá en cuenta su origen cultural o étnico. Estas salvedades, no tienen asideros en el momento de que el Estado alberga a un niño, tal vez sí lo tenga cuando es adoptado por una familia sustituta. La ayuda de acuerdo a su origen cultural o étnico, nos lleva a plantearnos sobre la existencia de alguna escala subjetiva en la calidad y cantidad de ayuda para los niños, de acuerdo a su origen cultural. Es complejo, porque estamos hablando de cultura como expresión manifiesta de la lengua, de la geografía, de la vestimenta o del legado precolombino que antecede y han dado cobijo natural, por historia comunal, a los antecesores del niño y aún a este mismo.
Por otro lado, lo étnico se entiende por grupo de personas que comparten genes parecidos o pertenecen a una casta o clan familiar de una misma raíz. ¿Qué brechas políticas se encuentran entre la etnia como conjunto y la raza como linaje? ¿Qué las diferencia y quiénes les otorgan estas escalas de apoyo de acuerdo a su etnia?, cabe señalar que entre etnia y raza solo dista la idea de comunidad y parecidos en la complexión, las que explicamos al inicio de este trabajo. De algún modo, las diferenciaciones son cuestionables, porque la idea de niño en su interés superior es indivisible.
La Convención, aparentemente, busca salvaguardar ambas categorías pretendiendo conocer la diversidad de la cuestión étnica. Una determinada etnia de la selva no tendrá los mismos intereses sociales que otra de ciudad de la sierra, ni otra de ciudad de la costa; empero, ¿no se debería acaso estandarizar esta ayuda?, considerando que la niñez si, bien es diversa y compleja, posee las mismas necesidades: salud, educación, identidad y alimentación de primer orden. El Estado debe de comprometerse a elaborar políticas de investigación en torno a estos factores en cuestión, sin importarle la cuestión étnica, pero sí salvaguardando la memoria histórica del niño. En resumen, lo étnico puede servir de excusa para exceptuarlo de toda tecnología educativa, por lo tanto, es otro factor de expulsión y de extrañeza para el joven andino. En un trabajo del Luis Tejada se le preguntó a una adolescente estudiante amazónica: ¿“Cómo hace para mantener su lengua y cultura”?. Respondió: “Con el pensamiento” (Tejada 2004).

12. La paradoja de las minorías étnicas o religiosas

El artículo 30° del Convención sobre los Derechos del Niño declara que si el niño pertenece a una minoría étnica o religiosa, se debe respetar su derecho a vivir según su cultura, practicar su religión y a hablar su propia lengua. El niño perteneciente a una minoría étnica ha adquirido el derecho, aunque natural, antes que se hayan desarrollado la jurisprudencia clásica, de ser parte de una comunidad simbólica con sentido en base al mito. Nos preguntamos si este derecho, acaso otorgado, no contraviene a la modernidad que rebasa el límite de la jurisprudencia y hace al sujeto de derecho un sujeto con deber al aparato cultural, que le exige cómo vestirse, cómo comportarse, que no puede pintarse el rostro en señal de rito, celebración o de vinculo comunitario.
Un habitante Yanesha de la selva central, por ejemplo, no querrá vestirse como tal porque sabe que su orden en el aparato comercial y de actor integrante de la sociedad, lo exime de ciertas gracias laborales; por tanto, lo que ofrece como ente de un cuerpo comunitario autóctono es su rito, pero ya no como una conexión global y armoniosa con la tierra, que sus vecinos compartirían, sino como asunto de vitrina, de transacción turística: cada vez que existe una festividad propia a la tribu o a un feriado cualquiera, se vestirán como lo era antes de la entrada firme de la modernidad, para así atraer turistas, miradas, vender artículos, vestir a la gente, divertir, y luego guardar cada objeto en el dispensador de sus tiendas o ofrecerlos en venta, cada vez que un visitante desee comprarlos, enseñándoles a sus hijos a perpetuar el mismo negocio.
Entonces el rasgo simbólico de la etnia tiende a desaparecer y a incorporar otros símbolos de otra etnia: es decir, estamos enfrentándonos poco a poco y vamos presenciando cómo en 500 años la camisa, el pantalón, el jean y el frac sigue invadiendo cada recóndito pasaje de nuestro Perú, relegando el uso de los textiles, largas faldas y polleras típicas a cada región y tribu; el mito simbólico de la étnico está pasando progresivamente a un plano de atracción turística. No depende de que se le respete su minoría étnica, porque esta ya fue hace tiempo trasgredida por el discurso de la modernidad. De este modo, el niño no tiene mejor elección que dejar atrás tales prácticas.
Dicho esto, el niño puede subsistir de su etnia, pero sabe que ya no de sus símbolos, porque debe ir a un colegio y debe vestirse de acuerdo a un código preestablecido. El niño se prepara para la modernidad, para el internet, la moto, el trabajo en la ciudad aledaña, para después tener una familia bajo estos parámetros, alejándose de aquel legado simbólico ancestral, incluso, cuestionándola. Otra pregunta gira en términos de lo que este niño precisa ahora, para poder formar una familia y enfrentar los enemigos de esta.
Se le preguntó a una habitante de 65 años de una tribu Yanesha, por qué vendía un arco y unas flechas hechas por su esposo a 50 soles: esta respondió: “Porque él está viejo y ya no la usa, la usaba para cazar”. -¿Y los hijos?, “…no, estos ya no cazan, trabajan…”, los hijos en la historia de esta señora yanesha saben el español y visten a la moda. Se adecuaron al molde moderno y deben perder, lo que en este trabajo queremos apuntalar, como la raíz y la estirpe verdadera de un niño, en una geografía geométrica definida, en una línea histórica de tiempo y de un mismo linaje, con una misma genética y de rasgos físicos y estéticos casi puros: la confrontación con la tecnología.

13. El conocimiento mágico del niño de la calle

Todo ambiente es una jungla. Levi Strauss citaba una frase de los niños de una comunidad nativa indio norteamericana: “…estamos entrenados a prestar atención a todo lo que está a nuestro alrededor…” (Levi-Strauss 1966: 25). Este no es un instinto de supervivencia, precisamente, es un aprendizaje que los provee de una inteligencia compleja para no solo defenderse del medio, que sería el principio de su desenvolvimiento, sino que además puede identificar aquellos agentes que, aparte de poder representarles algún peligro, pueden crear en él el efecto de la sorpresa.
Por lo tanto, sentir el tema de la sorpresa y adjudicarle la gracia de la sensación (aquí se puede hablar de religión, pero como este no es el caso exacto), podríamos afirmar análogamente que el niño de la calle es entrenado –a fuerza- a poner atención a los elementos que conforman su entorno y estar, no solo alerta sino hasta disfrutar de ciertos eventos en cierta medida: la calle, el policía, el ladrón, los vendedores, los dulces, los autos, las chicas, otros niños, otras niñas, flores, aromas, ambiente, frutas, etc., para obtener el máximo beneficio de esta. La pregunta es entonces: fuera del marco de expulsión familiar que los llevó a salir de sus casas, ¿cuáles son los peligros y beneficios que tiene el niño de la calle frente a la experiencia personal que experimenta?, pues este conocimiento, inmensamente rico, le da incluso una apertura de conciencia ampliada, pero que amerita ser guiada, salvaguardada, y él también, esto incluye además a los niños trabajadores.
También tomemos en cuenta que este niño no puede estar solo y necesita de otros para poder agruparse y crear una comunidad dentro de la cual, no solo se protege, sino, además, comparte y valida su conocimiento. Entonces, está de pronto inmerso en un ente colectivo: tiene pertenencia de grupo y una membrecía o jerarquía dentro de él. Tal vez el problema para el lado negativo de la alteridad, pase porque las leyes que la autoridad de una ciudad impone, les son totalmente ajenas a su perspectiva del mundo. Puede transgredir sin remordimiento cualquiera de ellas, ya que jamás convino que la autoridad en casa era justa con él.
Por otro lado, Levi Strauss menciona un hecho interesante que se refiere al Bricolage o arte manual que se eleva por encima del sujeto joven para darle una figura o imagen de recuerdo simpático a su desempeño social. Este bricolaje es en parte arte, pero además, conocimiento. Este conocimiento que se expresa no en un bricolaje natural de arboles y maderas, propiamente, sino que para el caso de estos niños se puede visualizar a través del grafiti o pintas en las paredes. Esta técnica tiene por lo menos 30 años de haber sido concretada como técnica pictórica, pero no validada como arte formal sino a partir del año 2000. La imagen del grafiti es el puente para la comunidad de la calle para poder explicar un tema subyacente a su propio ambiente. En una imagen de estas se visualizan hombres, besos, letras, profundidades, espejos, colores muy llamativos, tristezas, pistolas, animales salvajes, etc. Es el tótem que no pueden esculpir en la jungla y que en la única jungla que tienen y dentro del cual pueden esculpir, es la pared rasa, vieja o recién pintada de algún vecino desprevenido o construcción abandonada.
He aquí una función mística de desplazamiento donde el niño transmite conocimiento a partir de su experiencia fenomenológica con la calle y la convierte en imagen como lo haría cualquier pintor urbano formal de renombre. Solo que el lienzo es la pared, el pincel y el óleo, es el aerosol, como la representación icónica de Cristo es la representación del ser interior. Así el niño a través de estas imágenes busca expulsar demonios, reconocer cuál es su sentido profundo de pertenencia, mejor aún, de existencia, y sentir que su obra puede ser vista y reconocida como símbolo de poder territorial o de mediación hombre - medio ambiente. Sin querer, nos acercarnos a un tema mágico, el sujeto joven desea ejercer sobre el ojo de la gente la influencia del poder estético y de veneración, un valor mítico que la imagen resulta para ellos y para su propia comunidad o para otros parecidos que los ven, los identifican e intentarán mejorar.

14. la herencia genética etnográfica y poblacional

La genética de poblaciones nos provee una explicación sólida para argumentar la resistencia de los portadores de nuevos genes: los niños. Esta rama de la genética tiene como objetivo describir la variación y distribución de la frecuencia alélica o de predominancia genética, para explicar los fenómenos evolutivos en los sujetos. Para ello, define a una población como un grupo de individuos de la misma especie que están aislados reproductivamente de otros grupos afines, en otras palabras es un grupo de organismos que comparten el mismo hábitat y se reproducen entre ellos. Estas poblaciones están sujetas a cambios evolutivos en los que subyacen cambios genéticos, los que a su vez están influidos por factores como la selección natural y la deriva genética que actúan, principalmente, disminuyendo la variabilidad de las poblaciones, o migración y mutación que actúan aumentándola variadamente.
Cabe destacar, según este principio, que la pérdida de variabilidad genética en las poblaciones trae consigo dos graves problemas: primero, corta la posibilidad de que el hombre pueda realizar el mejoramiento genético en la especie, y segundo, disminuye la eficacia biológica de las especies ante nuevos cambios ambientales. Lo que Ridley afirmaba sobre el supuesto que la finalidad de la especie es su preservación como tal, y no sobre la base del progreso intelectual, necesariamente, sino en que tan fuerte se hace a sí misma en la conquista (Ridley 1999). Esto se puede demostrar en forma empírica si observamos cómo nuestra población indígena ha resistido los tiempos vehementemente propios a la conquista, a la colonia, a la etapa de terrorismo, las sequías y demás problemas sociales y geográficos que en ellos han construido el acto de la resiliencia mas admirable de los seres humanos de los últimos tiempos. Ya que si bien tal historia puede traer colas sociales no deseables, crean y fortalecen a su vez la psiquis andina, más no la genética, sobre la base del trabajo, la superación personal de la humillación, el entendimiento del comercio a través de la superación de los prejuicios y sus perjuicios.
Dos niñas en el Jirón Puno de Lima una mañana de febrero se encuentran vendiendo un par de productos con sus vestimentas típicas: pan serrano y tunas. A la media hora una de ellas busca otro sitio para expandir la venta llevándose solo el pan y al hermanito menor de la mano. Es éste el elemento pujante de nuestra raza indígena; o sea raza como etnia, que se vuelca a la capital por el hecho de que sabe o cree que el progreso esta aquí, sin embargo, este elemento pujante no garantiza su fortalecimiento genético poblacional. Esta movilización representa en el poblador indígena todo un cambio en su enfoque de pensamiento y en su metabolismo. Decimos enfoque, porque es la etnia o la fracción étnica la que migra y desarrolla una mirada distinta de la vida.
Este encuentro contiene aspectos claves, porque si bien persiguen el progreso, los migrantes piensan a la vez en diversos sentidos, producto del miedo natural a la muerte o, si no, se le llama superación personal o ansiar el rápido cambio de pobre a rico. Un aspecto identificado es la búsqueda de terreno, y en este sentido no interesan las leyes, está bien traspasarlas porque culpan al Estado, quien es el responsable de su arrinconamiento en el fondo de la pirámide social. Invaden tierras, previamente se les promete, generalmente es el traficante de tierras quien les cobra un cupo. Este proceso les hace concebir enseguida la idea de enviar a hermanos y familiares a invadir otros terrenos y de esa forma poder conseguir mayores anclajes de vivienda. La interacción con la calle aviva suspicazmente la conectividad del hombre con el hombre, su desligue con su geografía y las tradiciones activan para sí momentos de otras variantes que a la larga llevan a adelgazar los vínculos afectivos con estas.
La creencia es que los niños propios a una comunidad andina y que crecen en romance con la naturaleza, quiebran este proceso. Traídos a la capital, el contacto con las fuentes de sabiduría propias a la observación por siglos, se adormece, por tanto el reemplazo de paisaje, de urbano a rural, resulta muy agudo, dada la fuerte escisión que sufre el yo en el rompimiento.
Por otro lado, este proceso además reconfigura su mito. Se pasa del amor a la tierra y a la libertad, al amor impuesto al código o por ejemplo al dress code, porque saben que las marcas lo dicen todo o lo saben todo. Así, el elemento étnico simbólico de la vestimenta, como las fuentes de conocimiento, como la oralidad, es reemplazada por jeans, ternos, celulares y gafas.
De las maneras en que los miembros de una comunidad o comunidades se congregan alrededor de la capital, de acuerdo a la teoría de la genética poblacional y  a la teoría de la transmisión genética, la población estaría debilitando su propia raza, o lo que de ella queda, en este caso específico, el indígena. Dicho de otro modo, el elemento migratorio no necesariamente implica superación. Por lo pronto, este amasijo étnico alrededor de la raza indígena pura, no mestiza, estaría debilitándose sino encontrara los linderos de asimilación en sus propias tierras, al no poder hacer prevalecer los ritos mesiánicos que ayudaban a los indígenas a quedarse en sus propios pueblos hace 2,000 años atrás.
La resistencia en la propia tierra, hace del genotipo en la postrimería cronológica de la raza su mejor agente de fortalecimiento. Todo agente biológico que está inserto dentro de un sistema mayor, tiene por regla general tres opciones en la lucha por la vida: primero, o refuerza su metabolismo con el tiempo y enfrenta los ciclos amenazadores del sistema mayor, adaptándose, o, segundo, bien muere. Tercero, y en el mejor de los casos,  migrando  a otros sistemas más débiles, amigables o convenientes para poblarlos. Pero esa no es sino la vía mediante la cual dicho conjunto étnico empieza un proceso de adaptación, desde cero, y deja de lado las posibilidades mínimas de cambio genético a las transformaciones en el cuerpo que desafían mejor el medio en el que viven. En nuestro caso, sucede esto en pobladores más capacitados física y mentalmente por la experiencia y los lazos de parentesco fruto de la herencia.
La directriz de la genética de poblaciones, la establece la Ley de Hardy-Weinberg[5]. En tanto a lo que ellos llamaron el equilibrio de poblaciones y que explica que en una población panmíctica[6], suficientemente grande y no sometida a migración, mutación, deriva génica o selección, las frecuencias génicas y genotípicas se mantienen constantes de generación en generación. Cuando  se cumplen estas condiciones, se dice que tal población está en equilibrio. Hardy-Weinberg concluyeron, además, que también son los cambios menores entre especies de generación en generación y en largos periodos de tiempo, que puede resultar en la transición gradual a nuevas especies. 

Esto último invita pensar que cada cambio singular en el modo en que se congrega una población a través del tiempo, se producen, por efectos de la adaptación progresiva, ciertas características físicas nuevas a la especie. No pretendemos hacer un estudio de forma, solo queremos, a grosso modo, decir que la fortaleza de la etnia reside en los cambios que ella hace sobre su propia geografía sin alterar, como dice Hardy, sus móviles sociales y sexuales comunes. Por mencionar en contraposición al menos un aspecto clásico: cuando no existe migración dentro o fuera de la población[7].
Las nuevas poblaciones de niños en nuestro medio arriban debilitadas por los efectos del cambio geográfico matriz de todo su universo simbólico de sentido y mito, y en el proceso se apareará con otros con deficiencias similares. La conciencia que esto deba despertar en toda entidad de protección, radica en no solo alentarlos en su persistente aventura, por ser ahora citadinos, sino que hay que darles prácticamente de amamantar porque se enfrenta a cambios drásticos de geografía que suscriben enfermedades, amenazas urbanas, nuevos perjuicios y prejuicios, por lo que su salud en general sufre el avatar del cambio geográfico.
Los genes se nutrirán de este nuevo cambio, pero este proceso no garantiza la permanencia de la misma población en el tiempo. El genotipo persiste en tanto forma, pero la información de los genes transfiere conductas tales como la resistencia a la pobreza o las distorsiones que son fruto de la marginación y que puede recaer en problemas tales como la delincuencia o enfermedades físicas, en todo caso.
Es necesario que el niño sea líder de su propia comunidad y conocedor experto de su geografía, que cuando sea adulto transmita a futuras generaciones las huellas dejadas por las  propias tradiciones; que deba ser el nuevo jefe o alcalde o el neo-curaca de su tierra, para ello la tecnología debe ayudar a no trasgredir el pensamiento de la rica herencia ni a comercializarla como un bocado exótico de vitrina, sino a saber que su fuente étnica es la fuente más pura de su propio desarrollo y que apoya la noción de un país diverso pero fuerte, por tanto su bricolage no deba ser sino la manifestación más saludable de su pensamiento etnohistórico y genético.

15. La asfixia infantil por su gen cultural, la integración y la inclusión

Nuestro país es muestra de una pieza multi-étnica que determina la permanencia pacifica de los lazos sobre la nación, en el sentido estricto de la palabra, donde subyacen diversas etnias con tradiciones parecidas, pero entremezcladas y no muy bien reconocidas unas a otras. Pueden existir descendientes de ciudadanos chinos, japoneses, blancos, indígenas, zambos y patizambos compartiendo una misma esfera laboral o vecinal, sin embargo preguntándose cómo tolerarse cuando se trata de emparentarse, de decidir o de vivir próximos. Una serie de factores despiertan estos afectos, sea el mediático con su dictamen occidental segregacionista, las creencias que de una etnia a otra peleándose el puesto de ser el menos discriminado, el religioso que abarca desde agrupaciones muy selectas, como los masones, hasta otras que congregan sectores más humildes como las nuevas iglesias evangelistas las que congregan fieles de acuerdo al cúmulo de conocimiento, estilo de vida y nivel socioeconómico.
Entonces, frente a este claro y desintegrado panorama estético o de superficie, el sujeto común peruano a veces optimiza en decir que esta diversidad, así como los 104 microclimas que posee el país, otorga a la nación y a sus ciudadanos un sustento magnifico de colorido cultural muy exótico, excéntricamente turístico y económicamente prometedor. Pero el tema de integración está muy lejos de esta premisa, cuando dicha diversidad de etnias no se han soportado por años entre sí, por la sencilla razón que no comparten hábitos familiares y sociales comunes. La alteridad rebasa los límites de la tolerancia y esto está demostrado en hechos palpables de la realidad como lo fue el extremo caso de Bagua: Indígenas vs. Blancos, o como lo fue el suceso de la parada: empresarios corporativos y políticos versus empresarios indígenas, o las bromas realizadas al jugador de la selección sub-20 Max Barrios que apareció ingeniosamente en facebook hasta en cuadros renacentistas, entre blancos y acomodados burgueses por haber falsificado una partida de nacimiento. Estos problemas son síntomas claros de que este colorido étnico, entronizado con la tecnología, a veces es fastidiosa para algunos sectores porque, evidentemente, no tienen acceso a tales inversiones en tecnología, autos, viajes al extranjero, turismo, restaurantes, entre otras comodidades actuales, así, el Perú es solo exótico para quien lo pueda degustar.
Entonces, los niños crecen viendo todo ello como un bien inalcanzable, se sofocan en los cerros y edificios de la intolerancia y el sarcasmo, ya que existen diversas etnias en diferentes condiciones y tradiciones. En el acápite 3 del artículo 3° de la Convención de los Derechos del Niño se estipula, en primer lugar, la superación de la pobreza como primer signo de integración social. Para el caso de un niño impedido, por citar un extremo, pero que a nuestro parecer es solo el comienzo paternalista de una unidad de análisis de mayor dimensión que es la integración social dentro de la asfixia étnica y de tipos, leemos : “…En atención a las necesidades especiales del niño impedido, la asistencia que se preste conforme al párrafo 2 del presente artículo será gratuita siempre que sea posible, habida cuenta de la situación económica de los padres o de las otras personas que cuiden del niño, y estará destinada a asegurar que el niño impedido tenga un acceso efectivo a la educación, la capacitación, los servicios sanitarios, los servicios de rehabilitación, la preparación para el empleo y las oportunidades de esparcimiento y reciba tales servicios con el objeto de que el niño logre la integración social y el desarrollo individual, incluido su desarrollo cultural y espiritual, en la máxima medida posible…”.
Esta circunstancia que vincula la situación real del niño y el compromiso del Estado, tiene como principal enfoque la cobertura de las necesidades básicas del niño. Para la etnia, decíamos, el reconocimiento es la palabra clave para su estado de condición no alterada y de presencia social participativa. En las líneas finales de este acápite de la convención se dice que un sistema de integración social, además, incluye en el niño su desarrollo cultural y espiritual en la máxima medida, línea que describe la fidelización mística que el niño recibe de su entorno y que integra como valor interno.
Cómo no pensar en un escenario futuro, si estas condiciones básicas para un niño impedido no se cumplen. El niño es experiencia de sentido y mito, su propio cosmos es el cosmos proyectado de la comunidad. Es en él donde se tejen los siguientes hilos de las generaciones simbólicas en base al conocimiento y la cultura. En particular, el niño fortalece su comunidad a partir de tres puntos en concreto: la protección jurídica, la naturalidad de su territorio y el sentido mítico de su tradición, de esta forma la interacción armónica de las tres conforman la seguridad atemporal de la etnia. Si la etnia decide desechar alguno de estos tres elementos claves para su orden social, simplemente la destruye por anomalía interna, si no lo es por razones de un conflicto bélico externo.
Pero la instancia jurídica es un tema delicado, porque la vía que le otorga el cerco legal de protección para su subsistencia, a veces la traiciona. Parecería contradecir los principios mismos de la conformación étnica, la geografía; como decía Rousseau[8]: “El primero al que tras haber cercado un terreno, se le ocurrió decir, esto es mío, y encontró personas bastante simples para creerle, fue el verdadero fundador de la sociedad civil”. Los pobladores a través de los siglos han debido batallar inteligentemente por este principio de “esto es mío” (lógica de las invasiones), por lo cual existen siempre las autoridades regionales, las que ahora respaldadas por entes mayores como el Estado, deben de velar porque las normas jurídicas respecto a sus territorios conquistados, necesidades y la salud de sus niños, estén elaboradas en razón de sus condición étnica, propiciando el conocimiento del Estado y que no sean ellos quienes deban conocer al Estado, físicamente, acercándose a la capital en búsqueda de tierras.
La desintegración en el Perú está mal conceptualizada como racismo, pensamos que eso es un facilismo, hay que concebirla como resultado de un proceso no entendido de un estado de integración inconclusa, debido a la intolerancia entre grupos de diversas etnias. De aquí se desarrolla el concepto de inclusión social como una solución al problema de integración y que el MIDIS trata de definir de la siguiente manera: “…Es la situación que asegura que todas las ciudadanas y ciudadanos sin excepción puedan ejercer sus derechos, acceder a servicios públicos de calidad, participar en la sociedad en condiciones de igualdad y contar con las capacidades esenciales para aprovechar las oportunidades que ofrece el crecimiento económico…”[9].
Entonces reconocer al ciudadano, es reconocer al niño como lo afirma la Convención, sin excepción, lo que presupone hacerlo gozar en su calidad de protagonista social dentro de una serie de sub-protagonistas con derecho a la participación del capital. Para el sujeto, es saber que en el marco del desarrollo económico peruano, está tomando parte activa de sus frutos. Las disposiciones del MIDIS a este respecto están bastante orientadas a reducir la pobreza extrema, según dice su página web, para el 2013 pasar del 7.6% a 5%, mediante los programas sociales como Juntos, Cuna Más, Pensión 65, FONCODES y Qali Warma[10], que de la mano del Ministerio de Cultura ayudarían a activar los patrimonios turísticos de las regiones, restaurarlas e impulsarlas en la medida que existan probadas posibilidades físicas, sean templos o huacas y todo vestigio concreto de actividad vital anterior.
La posibilidad de poder reordenar el tema de integración social mediante la inclusión social apelando a la memoria colectiva a través del patrimonio, no es descabellada, pero le es propio solo a un grupo, el indígena. Esta infancia podría verse con el tiempo mayormente revalorizada, especialmente si crece al alrededor de fuentes turísticas que impulsen su desarrollo, sin hacer vista gorda de los grupos comunales que están muy alejados. Sin embargo, en regiones donde conviven cuatro o tres etnias como lo es, por excelencia el departamento de Lima, constituye una pieza del rompecabezas muy interesante por su singularidad, donde la peruanidad se ve atacada porque además de indígenas y blancos hay negros, chinos y japoneses afincados en diferentes distritos desde mediados de siglo XIX compartiendo críticas despectivas muy acentuadas.
En la construcción de un mejor espacio, las diferencias étnicas por mitos diferenciados, atraen la desintegración, y por  tanto la tarea de la inclusión social es más ardua. Los símbolos e iconos negros conocidos, por ejemplo, son el baile y la vestimenta típicos al festejo, al Señor de los Milagros o al Ingá, pero no conocemos la complejidad de la extirpación religiosa sufrida en la etapa de la esclavitud en África, cuyos pueblos han practicado religiones tradicionales universales, tribales y familiares asociadas a la santería y el fetiche, porque fueron fruto de una teología popular a partir de la historia y de la realidad concreta de cada grupo étnico. Sus tradiciones no tienen textos escritos, pues estas son culturas de tradición oral. Sus creencias y fundamentos están en la memoria de los ancianos, los sacerdotes o los jefes de tribu: tatarabuelos de nuestros tatarabuelos negros peruanos.
Del pueblo chino y sus descendientes, sabemos de sus calendarios, de la fabula del dragón extintor de los males del alma, de la ancestral cultura basada en el Confucionismo y el budismo –prácticas en extremos ligadas a la contemplación interna-, la caligrafía y la creencia de los acompañantes guerreros al otro lado del abismo, sea por ejemplo los 7000 guerreros de terracota encontrados en la tumba de un emperador en Xian. Este paradigma, quiérase o no, está arraigado en la memoria genética de los chinos que, hasta hoy, pueblan nuestro territorio bajo la premisa del trabajo y el sentido benéfico de la vida.
De los japoneses conocemos la tradición de los últimos pueblos de guerreros samuráis, la tradición del Bushido, la bravura de los kamikazes, su herencia budista y su maltrecha memoria de la bomba atómica de 1945, símbolo de muerte y dolor, pero también de auto-sanación nacional. La memoria de los pueblos no crece en forma vertical, sino en diagonal, recogiendo de cada etapa una memoria propia a ellos, mejorándola.
Si no revisamos las historia de las grandes naciones que agruparon a distintas etnias de reinos, tanto en África, en Asia y en Occidente y, por historia política y económica en sus herederos en nuestra propia nación, no podremos encontrar las buenas prácticas incorporadas de estas naciones en la psicología social de estas etnias afincadas aquí en el Perú, porque en el fondo lo que cada etnia en su alteridad está buscando es ser reconocida y no excluida, apelar a cada uno de los símbolos, fomentar su micro cultura, practicar la tolerancia al prójimo y reconocer que cada etnia tiene derecho a proponer su propio pensamiento para ser mejor conocido. Esto ayuda profundamente a que el niño crezca, reconociendo y valorando su pasado, por lo tanto tener su valor individual como portador de una memoria histórica migrante de sufrimiento, y también rica en símbolos extra-nacionales de  sentido que los mantiene en la memoria y que deberá lucir en su larga búsqueda por la realización personal.

16. Etnia y pertenencia: una perspectiva desde nuestros niños

Este ensayo está apoyado en un grupo de niños que nos otorgaron sus pareceres sobre etnia. La primera pregunta de nuestro focus group fue: ¿perteneces a alguna asociación, grupo, ideología, sociedad u otros parecidos?, nuestros entrevistados respondieron básicamente sobre los grupos en donde tienen su permanencia hoy. Además, porque los acogen y les dan educación, porque los tratan bien y tienen vínculos familiares, como son la casa Generación y la Comunidad de niños y niñas trabajadores shipibos de Cantagallo, con sede en el distrito del Rímac.
Cantagallo es el nombre de un antiguo barrio que existió hasta la década del 60 al borde del Río Rímac, frente al actual Mercado de Flores, en la vía de Evitamiento, en el distrito del Rímac. Hace trece años, en una zona eriaza, se asentó un grupo de nativos shipibos que llegaron a Lima por diversas razones, y creció fuertemente a raíz de la marcha de los 4 suyos. Poco a poco esta comunidad ha ido creciendo y ahora alberga a 300 familias que siguen conservando su lengua y, además, siguen cultivando su arte heredado desde tiempos inmemoriales. Pese a vivir en el medio del tráfago urbano, los shipibos de Cantagallo no han perdido las raíces que los une a la selva.
Las nuevas rutas de pertenencia de los niños migrantes o de aquellos que estuvieron  en abandono, se construyen a base de las direcciones que cada asociación mantiene, a diferencia de los niños, aun sin hogar aparente, donde sus vidas transcurren en el medio propio, la calle, la que complicadamente los albergan; o bien pueden haber grupos de niños que viajan de lugar en lugar buscando trabajo en sus vacaciones de verano, sea vendiendo caramelos o lustrando botas, quienes también encuentran vivienda en casa de familiares o amigos en la capital y van incorporando nuevos saberes.
La segunda  pregunta fue: Del medio en el cual vives, ¿qué lugares crees conocer mejor y sobre qué experiencias tienes mayor información? Esta pregunta mantiene la creencia de que en donde el niño se desarrolla va afianzando una matriz de pertenencia firme y que puede quedar marcada en su memoria con símbolos propios a una actividad practicada en colectivo, y con formas propias al espacio físico. Para el caso de 4 de nuestros entrevistados lo es la tabla hawaiana, el nombre de un fabricante y los signos acuñados a estas, síntesis de olas, marcas, formas ovaladas con puntas triangulares, etc.
La mayoría de los niños entrevistados respondieron gratamente su cercanía con el mar, lo cual es natural a la mayoría de los niños, especialmente si practican un deporte para el caso de algunos, el surf, y porque es el espacio donde este deporte se consuma con talleres, diálogos, concursos y otras cosas que conservan una proximidad con la naturaleza invariable. Sin embargo, la concreción de la actividad apunta a cómo ellos perciben su medio como propio, sea para la diversión, pero que también lo es para las aspiraciones de algunos otros, porque desearían hacerlo, pero los medios por ahora no se los permiten.
Jean Pierre señaló que: “…Los lugares que conozco mejor, también en San Bartolo, las experiencias que he tenido, fue la playa, el skate, fútbol, y también lugares que conozco del Agustino, el Rímac y… nada más…”.
Otro entrevistado, Jorge Luis, dijo:, “…el lugar también es San Bartolo, también por la playa y por el skate… por el rincón… hacemos tabla, skate, fútbol y dentro del colegio hacemos básquet… y eso es lo que me parece bacán…por toda la playa…”. Tal vez  aludiendo a un colegio cerca de la zona de su vivienda y que los lleva a practicar deportes en los alrededores de la playa.
Otros niños expresan su familiaridad con el parque por el tiempo y espacio de esparcimiento que les ofrece y porque pueden practicar su deporte favorito que es el futbol. Aquellos que afirmaron realizar el surf, refuerzan la idea de que la integración de las etnias puede darse en torno a ciertos factores tales como el amor por el  territorio, la educación y el aprender a realizar una actividad nueva, y la otra constante importante es de integración con el deporte o aprendiendo a compartir las habilidades en un sano ambiente de competencia.
El deporte está asociado a una idea de nación. No es ajeno pensar en el futbol como una clamor conjunto de 26 millones de peruanos gritando por un gol que se anota. Este fenómeno hace que chinos y negros, por ejemplo, se abracen, pero esto no es un tema mediático entre niño y nación, es un tema de pertenencia: los linderos de una red social o de una asociación son bastante rebasadas frente a la idea de pertenencia por nación que el deporte, en este caso el futbol, nos ofrece y porque son puestas en práctica y en exhibición habilidades y capacidades complejas. Por ello, las actividades educativas, arqueológicas, turísticas y las del deporte, deben ser constantemente reforzadas en nuestra infancia como creadoras de cultura y de integración.

Conclusión

Del modo en que los acuerdos internacionales y nacionales reconocen el derecho del niño a la vida y a su protagonismo dentro de su marco étnico y cultural, debe considerarse el interés social en el cual este marco se desarrolla, vale decir, en la zona geográfica donde conviven los diversos grupos étnicos y en donde existe división por la variedad fenotípica, propia al espectro peruano, especialmente cuando conviven en zonas urbanas donde los grupos étnicos poco reconocidos no dialogan acerca de puntos políticos o legales en común, dejando vacíos amplios para configurar una integración debida de la cual sacan partido los nuevos “vivos” del Perú. El popular dicho “no hay peor enemigo para el peruano que el peruano mismo”, se cumple en razón a esto: los grupos étnicos por historia no han compartido jamás los mismos símbolos de sentido.
Los símbolos de sentido se afirman en base a una memoria histórica inscrita en los genes de nuestra memoria y en las actitudes que el sujeto peruano fabricante de expectativas en el niño peruano, guarda como validas. Esto es válido para crear una base para la integración social con refuerzo en las culturas. Ninguna macro cultura se va a desarrollar si esta memoria no acepta que el país es multi-étnico y no pluri-etnico, porque la modernidad no es una moda, sino una realidad concreta que no permite por lo general tolerancia entre grupos.
La noción de nación en los niños está directamente relacionada a la decisión de los  padres por revalorizar el territorio en que viven. El sistema de ambiciones además debe estar regulada porque el Perú contemporáneo le debe apología a la tecnología, constituyendo un punto atractivo para las poblaciones migrar en su búsqueda por el sueño económico, sin saber que en principio los ciclos migratorios afectan su raíz geográfica, su fortaleza anatómica, su sensible conocimiento del entorno y la necesaria construcción de sociedades apartadas de la capital que, a la larga, pueden generan mayores y mejores espacios de vida.
La acumulación de etnias en la capital es por ahora el tránsito del escenario del niño,  en el que se observa intolerancia, expectativas, bullying y otros episodios, donde además el niño se debate entre el dictado de la apología a una sola etnia y al detrimento de otras, incluso a la burla y al chantaje.
Las relaciones de poder de pertenencia son entendidas por los niños en relación al deporte y a la sana diversión, su mensaje es sentirse queridos por el espacio que habitan y mientras sea así, del mismo modo apreciarán su vida futura en base a la solidez de sus propios sentimientos en donde el niño construirá y mejorará su vida independiente en relación a símbolos revalorizados que marcaron los primeros años de su plataforma de vida.

BIBLIOGRAFIA

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·      UNICEF (2007). Estado de la Niñez indígena en el Perú 2007. Lima: UNICEF.
Páginas web








[1] http://www.peru.gob.pe/normas/pep_normas.asp
[2] Ley de derecho a la consulta previa a los pueblos indígenas u originarios, reconocido en el convenio 169 de la organización internacional del trabajo
[3] •           UNICEF (2007). Estado de la Niñez indígena en el Perú 2007. Lima: UNICEF.
[4] http://www2.ohchr.org/spanish/law/crc.htm
[5] Recibe su nombre del matemático inglés G. H. Hardy y del médico alemán Wilhelm Weinberg, que    establecieron el teorema en 1908.
[6] Comunidad de intercambio genético en la que existe apareamiento aleatorio.
[7] http://cecyt3biology.blogspot.com/2009/04/principio-ley-o-equilibrio-de-hardy.html
[8] Véase su obra “Discurso sobre el Origen de la Desigualad entre los Hombres”
[9] http://www.midis.gob.pe/index.php/es/atencion-al-ciudadano-informacion/informacion/preguntas-frecuentes-midis
[10] Qali Warma (“Niño vigoroso”, en quechua) es el programa de alimentación escolar del MIDIS que brinda servicio alimentario de calidad a niñas y niños de instituciones educativas públicas de nivel inicial y primaria.